Jerónimo van Aken, conocido como “El Bosco”, fue un pintor Holandés (1450-1516).
A su taller pertenece “El tablero de los siete pecados
capitales y de las cuatro postrimerías”, que se conserva en el museo del Prado.
El cuadro está compuesto por cinco círculos. Cuatro
pequeños, uno en cada esquina, representando las postrimerías del hombre
(muerte, resurrección y juicio, infierno y paraíso), y
en el centro el más grande que describe “El ojo de Dios”.
“El ojo de Dios” está compuesto por tres anillos concéntricos. En el más externo
se representa lo que Dios ve de los hombres. Es la humanidad dividida en los
siete pecados capitales. La Gula representada en unos personajes que consumen
vorazmente todo lo que lleva a la mesa el ama de casa; la Acidia en forma de un
caballero bien alimentado que dormita junto al fuego (una mujer que entra al
cuarto enseñando un rosario en tono de reproche indica el abandono de la
oración); la Lujuria está representada en dos parejas de amantes dentro de una
tienda; la Soberbia es una dama vanidosa que admira un sombrero nuevo, sin darse
cuenta que le sostiene su espejo un demonio de bonete extravagante; la Ira
aparece como dos hombres que pelean delante de una taberna; la Avaricia es un
juez que acepta sobornos; y la Envidia es un pretendiente rechazado que mira
celosamente a su rival. Los personajes representan, por su indumentaria, a todos
las clases sociales.
Dos filactelias, una arriba y otra abajo del Ojo recuerdan que quienes
abandonaron a Dios tienen razones suficientes para temer su mirada. La de arriba
es el texto de Dt 32,28-29: Esta es gente sin consejo ni prudencia; ojalá
supiesen y entendiesen sus postrimerías para que proveyeran (Gens absque
consilio est et sine prudentia, utinam saperent et intellegerent ac novissima
providerent). La de abajo es el texto de Dt 32,20:
Esconderé mi rostro de ellos y consideraré sus postrimerías (Abscondam
faciem meam ab eis et considerabo novissima eorum).
Los siete pecados y las postrimerías funciona como un espejo (de ahí el otro
nombre del cuadro: “El espejo del hombre”) donde el espectador se confronta con
su propia alma desfigurada por el vicio y llamada a comparecer ante Dios
arriesgando su salvación. El humanista alemán Jacobo Wimpheling, muerto en 1528,
es decir, contemporáneo de esta pintura, relata que le bastó con ver una
inscripción de una iglesia de Erfurt que decía “Dios ve” para alejarlo de las
insensateces de su juventud y llevarlo a una vida más devota.
Pero lo más importante del cuadro es la pupila del Ojo de Dios. En ella está
Cristo saliendo del sepulcro y mostrando sus heridas: con la palma izquierda
alzada muestra el agujero del clavo, y con la otra mano se señala su costado
herido. Y es alrededor de Él que está escrito: “Cave, cave, Deus videt!”,
“¡Cuídate, cuídate, que Dios ve!”.
Dios nos ve. Nos ve pecadores. Pero nos mira a través de las ventanas de las
llagas de Cristo herido por nuestros pecados. Ve nuestros pecados, pero ve
también el precio que por ellos fue pagado en la Cruz y en el Cuerpo martirizado
de Jesús.
Estamos obligados a decir: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos
a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros” (1Jn 1,8). Pero también
nos alienta decir: “Si alguno ha pecado, tenemos Abogado ante el Padre” (1Jn
2,1).
El Señor es rico en misericordia. El Señor es misericordia. “Sin duda.. es
grande el misterio de la piedad” (1Tim 3,15).